Vídeo de la Homilia del Domingo de Ramos realizada por José Antonio Sanz Arozarena
“Bendito el que viene”, gritan los peregrinos que había acudido a Jerusalén a celebrar la Pascua. Reciben a Jesús con todo entusiasmo – ramas de olivo y alfombras hechas con la ropa. Es el rey, el descendiente de David, que viene a liberarnos. Pero, dentro de unos pocos días, le pondrán a Jesús una corona de espinas, le darán una caña como centro, lo ridiculizarán con un manto morado – una parodia del emperador romano. Y la gente gritará, Crucifícalo, Crucifícalo, súbelo al trono de la cruz, con la corte que se merece – unos ladrones a cada lado.
¿Cómo es posible que el Hijo de Dios, que pasó haciendo el bien, curando enfermos y perdonando a pecadores, haya terminado tan mal?
San Pablo se lo explica a los filipenses. Filipos era una ciudad construida para soldados romanos retirados, gente muy orgullosa de lo que habían hecho. Habían sido parte del ejército más poderoso del mundo. Habían caminado por las calzadas romanas que comunicaban entre sí a países remotos, habían colaborado en la construcción de acueductos gigantes para llevar agua a grandes ciudades, habían implantado el derecho entre pueblos bárbaros. Ahora recibían unos honores bien merecidos.
San Pablo habla a cristianos que viven en este ambiente y les dice, Miren a Jesucristo, siendo Dios, “se vació” de las prerrogativas que le correspondían. No tuvo en cuenta su situación divina para ponerse a nuestra altura y hacerse uno de nosotros.
Por extraña que nos parezca esta decisión, no nos debe sorprender, porque Dios ya está acostumbrado a “vaciarse”. En el momento de la creación se despojó de su autoridad para poner el mundo en nuestras manos. Dios se arriesgó y nosotros tomamos ese poder que Dios nos había cedido.
Dios se despojó, nosotros asumimos el poder ¿y qué hacemos con él? El jardín que había salido de las manos de Dios lo estamos convirtiendo en un basurero y a Jesús lo llevamos a la cruz, para que su vaciamiento fuera completo. Jesús muere recitando un salmo, “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?… Tú, Señor, no te quedas lejos; fuerza mía, ven corriendo a ayudarme”.
Y así es, porque Dios tiene otra costumbre, la de levantar. Habrá cielos nuevos y tierra nueva. Jesús es levantado a lo más alto y constituido en “Señor”, que ha de recibir toda gloria de nuestra parte.
En estos días de Semana Santa, miremos a Jesús, el que se vació por nosotros para que nosotros podamos ascender a lo más alto.